En 2006, la Unión Astronómica Internacional definió un planeta como un cuerpo celeste que orbita alrededor del Sol, tiene la masa suficiente para que su propia gravedad le dé forma esférica y ha despejado su órbita de otros objetos. Este último criterio fue el que degradó a Plutón. Esto también significa que los objetos que orbitan otras estrellas, llamados exoplanetas, se definen por un conjunto de reglas ligeramente diferente.
El sistema solar tiene ocho planetas. Cuatro son rocosos: Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Dos son gigantes gaseosos: Júpiter y Saturno. Dos son gigantes de hielo: Urano y Neptuno. Su naturaleza abarca desde la superficie abrasada de Mercurio hasta las bandas tormentosas de Júpiter, desde el descontrolado efecto invernadero de Venus hasta los vientos supersónicos de Neptuno. Cada uno es un mundo con su propia historia.
Los planetas se forman a partir del disco de gas y polvo que rodea a una estrella joven. Los granos de polvo se adhieren entre sí, formando planetesimales, que colisionan y crecen hasta convertirse en protoplanetas. Algunos alcanzan un tamaño suficiente para capturar gas del disco, transformándose en gigantes. Otros permanecen rocosos. El proceso es complejo, con colisiones, migraciones y eyecciones que dan forma a la estructura final.
Actualmente se conocen miles de exoplanetas. Entre ellos se incluyen Júpiter calientes, supertierras y planetas que orbitan dos estrellas. La diversidad es mucho mayor de lo que nadie esperaba. Quizás sea necesario redefinir el concepto de planeta.
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