Un robot cilíndrico del tamaño de una persona cae desde un barco al océano abierto y desaparece. Durante la próxima década, pasará casi toda su vida en la oscuridad, a la deriva a un kilómetro de profundidad, luego sumergiéndose hasta dos kilómetros y volviendo a ascender mientras mide el nivel del agua. Emerge durante menos de un día para comunicarse con la Tierra vía satélite. Y luego repite el proceso. Y lo repite unas 150 veces.
Esa rutina es la base del programa Argo, una flota internacional de casi 4000 boyas que ha transformado la forma en que los oceanógrafos observan la superficie del océano. Cada boya lleva sensores de temperatura, salinidad y presión. La salinidad se obtiene mediante mediciones de conductividad, ya que el agua salada conduce la electricidad de forma diferente al agua dulce. Los datos se transmiten prácticamente en tiempo real y cualquiera puede descargarlos gratuitamente.
¿Qué hace que el sistema funcione?
- Flotabilidad neutra en profundidad. Los flotadores están lastrados para derivar a unos 1.000 metros sin hundirse ni ascender, lo que ahorra batería y les permite viajar con las corrientes durante años.
- Una bomba simple. Una vejiga interna mueve el aceite hacia dentro y hacia fuera. Inflar la vejiga externa hace que el flotador suba; desinflarla hace que el flotador baje.
- Un ciclo de 10 días. Aparcar, dejarse llevar, descender a 2000 metros, ascender mientras se realiza el perfilado, salir a la superficie, transmitir, repetir.
La recompensa es una cobertura enorme. Las boyas Argo han recopilado más de tres millones de perfiles, cuatro veces la cantidad de información oceánica obtenida por barcos y boyas amarradas juntas. Este registro sirve de base para los pronósticos meteorológicos, las evaluaciones climáticas y la detección del calentamiento oceánico a largo plazo.
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