Cuando el Imperio Romano se dividió y la Iglesia Occidental se desarrolló siguiendo las pautas latinas, las iglesias de Oriente continuaron con la tradición griega y bizantina. La ortodoxia oriental es la expresión viva de esa continuidad. Sus principales centros siguen siendo Grecia, Rusia, los Balcanes y Oriente Medio, aunque las comunidades inmigrantes la han extendido por todo el mundo.
La doctrina se define por los primeros siete concilios ecuménicos y por el consenso continuo de la Iglesia. La Trinidad, las dos naturalezas de Cristo y la veneración de los iconos son innegociables. El culto es litúrgico, extenso y repleto de simbolismo. La Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo es la liturgia dominical ordinaria; el edificio mismo se entiende como una imagen del cielo, con el iconostasio marcando el límite entre la nave y el altar. Los iconos no son adornos, sino ventanas a la presencia de los santos y de Cristo mismo.
La autoridad es conciliar, no monárquica. Ningún obispo ostenta la jurisdicción universal que reclamaba el papado romano. Las iglesias autocéfalas —rusa, griega, serbia y otras— se autogobiernan sin dejar de estar en comunión. El monacato, especialmente la tradición del Monte Athos, sigue moldeando la espiritualidad a través de la Oración de Jesús y la búsqueda de la teosis, la participación gradual de la persona humana en la vida divina.
Para los ortodoxos, la Iglesia no es principalmente una institución, sino el Cuerpo de Cristo, que ya experimenta la era venidera en cada Eucaristía.
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