El lenguaje religioso distingue el ámbito reservado a lo divino de la vida cotidiana. Lo que pertenece a la vida cotidiana se denomina profano. El término significa originalmente «fuera del templo».
El espacio, el tiempo y los objetos profanos están disponibles para el uso común sin precauciones rituales especiales. Lo sagrado, en cambio, exige reverencia y acceso restringido. El límite se mantiene mediante normas sobre pureza, lenguaje y comportamiento. La violación de este límite constituye un sacrilegio.
Las sociedades seculares modernas expanden el ámbito profano y reducen el ámbito de lo sagrado reconocido públicamente. Sin embargo, esta distinción persiste de forma residual cuando la gente baja la voz en ciertos edificios o duda en tratar con indiferencia ciertos símbolos. Antropólogos y teólogos siguen analizando cómo las diferentes culturas trazan esta línea divisoria.
Lo profano no es necesariamente malo; simplemente no es sagrado.
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