El taoísmo parte de la observación de que el mundo tiene un orden. El Tao es ese orden: el proceso espontáneo y sistemático mediante el cual se despliegan el cielo, la tierra y las mil cosas. Los seres humanos prosperan cuando fluyen con él, en lugar de oponerse a él.
Los textos fundamentales son el Tao Te Ching, atribuido al legendario Laozi, y el Zhuangzi, una colección de relatos y argumentos que celebran la libertad de las categorías rígidas. Ambos advierten contra la acción forzada y el esfuerzo excesivo. Wu wei, a menudo traducido como «no acción», no es pasividad, sino una acción tan adaptada a las circunstancias que no genera fricción. La sencillez, la humildad y la preferencia por lo suave y flexible sobre lo duro y agresivo son temas recurrentes.
El taoísmo religioso desarrolló posteriormente elaborados rituales, alquimia interna y un panteón de deidades e inmortales. Las técnicas de respiración, dieta y meditación buscaban la longevidad o la trascendencia espiritual. Ambas corrientes —filosófica y religiosa— siempre se han superpuesto más de lo que a veces permiten las clasificaciones occidentales.
En la vida cotidiana china, las ideas taoístas siguen influyendo en la actitud hacia la naturaleza, la salud y los límites del control humano. Esta tradición se mantiene más como una sensibilidad cultivada que como un sistema de doctrinas: la convicción de que el universo está en constante movimiento y que la sabiduría consiste en encontrar el propio lugar dentro de ese movimiento.
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