La inflamación es el mecanismo de reparación del cuerpo. Lleva sangre, células inmunitarias y señales químicas al lugar de la lesión o infección. Es útil a corto plazo, pero perjudicial cuando persiste. Los fármacos antiinflamatorios reducen esta respuesta y se dividen en dos familias muy diferentes.
Los antiinflamatorios esteroideos, o corticosteroides, imitan al cortisol. Son potentes y de acción rápida, y se utilizan para las crisis asmáticas, las alergias graves y las enfermedades autoinmunes. Su uso prolongado puede provocar aumento de peso, pérdida ósea, hiperglucemia e inmunosupresión. Los antiinflamatorios no esteroideos (AINE) son más suaves y se venden sin receta. El ibuprofeno, el naproxeno y la aspirina bloquean las enzimas COX y reducen las prostaglandinas, aliviando el dolor, la fiebre y la inflamación. Pueden irritar el estómago y, en dosis altas, sobrecargar los riñones.
La elección entre ellas depende de la situación:
- Lesión aguda. Un AINE, a corto plazo, suele ser suficiente.
- Brote autoinmune. Corticosteroides, reducir gradualmente lo antes posible.
- Artritis crónica. Un AINE o un fármaco modificador de la enfermedad, según la gravedad.
- Asma o alergia grave. Corticosteroides inhalados u orales.
Los nuevos fármacos biológicos actúan sobre moléculas inflamatorias específicas como el TNF o la interleucina-6. Cuestan mucho más que un frasco de ibuprofeno, pero evitan a los pacientes la supresión generalizada que producen los medicamentos más antiguos.
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