El dolor es una señal, y los analgésicos la atenúan. El término abarca una amplia gama de fármacos, desde el paracetamol que se compra en una gasolinera hasta la morfina que se administra en un quirófano. Lo que comparten es la capacidad de reducir la percepción del dolor sin provocar necesariamente la pérdida de conciencia, lo que los diferencia de los anestésicos.
Las principales familias de fármacos actúan de distintas maneras. Los antiinflamatorios no esteroideos (AINE), como el ibuprofeno, bloquean las enzimas COX-1 y COX-2, reduciendo las prostaglandinas que sensibilizan las terminaciones nerviosas. El paracetamol actúa a nivel central, aunque su mecanismo exacto aún se debate. Los opioides se unen a los receptores mu en el cerebro y la médula espinal, modificando la percepción del dolor y su intensidad. Cada familia conlleva sus propios riesgos: hemorragia gastrointestinal en el caso de los AINE, toxicidad hepática por sobredosis de paracetamol, depresión respiratoria y dependencia en el caso de los opioides.
Elegir entre ellas es un ejercicio práctico:
- Dolor leve. Acetaminofén o un AINE, a menudo suficiente por sí solo.
- Dolor inflamatorio. Los AINE tienen ventaja sobre el paracetamol.
- Dolor intenso o postoperatorio. Opioides, generalmente a corto plazo y a la dosis efectiva más baja.
- Dolor neuropático. Los anticonvulsivos o antidepresivos suelen ser más eficaces que los analgésicos clásicos.
La escala de tres pasos de la OMS, publicada en 1986 para el tratamiento del dolor oncológico, sigue sirviendo de guía para muchos planes de tratamiento en la actualidad.
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