La teoría de la reducción del impulso propone que una necesidad fisiológica crea un estado de tensión —un impulso— que motiva al organismo a satisfacer dicha necesidad y, por lo tanto, a reducir la tensión. Este ciclo restablece el equilibrio interno.
Clark Hull desarrolló la versión más sistemática de la teoría. El hambre surge de la necesidad de nutrientes; el impulso lleva al animal a buscar alimento; comer reduce este impulso y, por lo tanto, resulta reforzante. La sed, la regulación de la temperatura y otros sistemas homeostáticos siguen la misma lógica. Un comportamiento que reduce con éxito el impulso aumenta la probabilidad de que se repita en el futuro.
La teoría explica bien los motivos biológicos básicos, pero tiene dificultades con las conductas que aumentan, en lugar de reducir, la excitación: la curiosidad, el juego y la búsqueda de emociones fuertes. Además, subestima el papel de los incentivos externos y de las expectativas cognitivas. Las teorías de la motivación posteriores conservaron la idea del impulso, pero añadieron el valor del incentivo, la excitación óptima y las evaluaciones cognitivas.
Cuando surge una necesidad y el comportamiento se dirige a aliviarla, la teoría de la reducción del impulso sigue ofreciendo una descripción clara y económica.
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