El ejercicio aeróbico es una actividad física sostenida que eleva la frecuencia cardíaca y respiratoria lo suficiente como para mejorar la capacidad de los sistemas cardiovascular y respiratorio. Correr, nadar, andar en bicicleta y caminar a paso ligero son ejemplos típicos.
El efecto inmediato es un aumento en la demanda de oxígeno. El corazón bombea con más fuerza, los pulmones captan más aire y la sangre se distribuye de manera más eficiente a los músculos en actividad. Tras semanas y meses de entrenamiento regular, el cuerpo se adapta: el volumen sistólico aumenta, la frecuencia cardíaca en reposo disminuye, la red capilar se expande y las mitocondrias se multiplican. El resultado es una mayor resistencia y un menor riesgo de enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares y diabetes tipo 2.
Los beneficios psicológicos también están bien documentados. La actividad aeróbica reduce los síntomas de depresión y ansiedad leves a moderadas, mejora el sueño y puede potenciar ciertos aspectos de la función cognitiva, especialmente en adultos mayores. Entre los mecanismos implicados se incluyen la liberación de endorfinas, la reducción de la inflamación y el crecimiento de nuevas neuronas en el hipocampo.
Las recomendaciones suelen aconsejar al menos 150 minutos de actividad aeróbica moderada por semana. La constancia no es tan importante como la técnica exacta. Un cuerpo que se mueve con regularidad se mantiene más activo durante más tiempo.
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