En algún momento, a menudo en plena noche, surge la pregunta: ¿para qué sirve todo esto? Tienes un trabajo, una rutina, gente que te quiere, pero nada te da estabilidad. Las respuestas de siempre ya no te convencen. No estás deprimido en el sentido clínico, aunque la línea divisoria puede difuminarse. Estás atravesando una crisis existencial, un momento en el que te cuestionas el sentido y el propósito de tu vida.
El término proviene de la filosofía existencialista, aunque la experiencia es más antigua. Kierkegaard describió el pavor como el vértigo de la libertad. Nietzsche escribió sobre la muerte de Dios y el colapso de las fuentes tradicionales de significado. Sartre argumentó que estamos condenados a ser libres, responsables de crear nuestro propio significado en un universo que no nos lo proporciona. Camus llamó absurdo al enfrentamiento entre el anhelo humano y el silencio cósmico. Una crisis existencial no es un signo de debilidad. Puede ser un punto de inflexión, un momento en el que se cuestionan las suposiciones no examinadas y se hace posible una vida más auténtica.
Desencadenantes comunes
- Pérdida. Muerte de un ser querido, divorcio, pérdida del trabajo.
- Transición. Graduación, jubilación, mediana edad.
- Enfermedad. Diagnóstico grave o riesgo de muerte.
- Reflexión. Encontrando filosofía, arte o una nueva cultura.
Las crisis existenciales pueden ser desconcertantes, pero también son oportunidades. Te obligan a preguntarte qué es lo que realmente valoras, en lugar de lo que te han dicho que debes valorar.
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