La sangre debe coagularse para detener el sangrado, pero los coágulos que se forman donde no son necesarios pueden ser mortales. Un anticoagulante ralentiza el proceso de coagulación, reduciendo el riesgo de accidente cerebrovascular, trombosis venosa profunda y embolia pulmonar. Estos fármacos no disuelven los coágulos existentes, sino que impiden la formación de nuevos y evitan que los ya existentes crezcan.
El fármaco clásico es la warfarina, un antagonista de la vitamina K que se utiliza desde la década de 1950. Requiere análisis de sangre periódicos para controlar el INR, una medida del tiempo de coagulación, debido a su estrecho margen de dosificación. Interactúa constantemente con alimentos y otros medicamentos. Los anticoagulantes orales directos más recientes, como el apixabán y el rivaroxabán, actúan más rápido, requieren menos monitorización y han sustituido en gran medida a la warfarina para muchas indicaciones, aunque esta última sigue siendo relevante para las válvulas cardíacas mecánicas.
Puntos clave para cualquier persona que esté tomando estos medicamentos:
- Riesgo de sangrado. Los cortes menores tardan más en detenerse. El sangrado grave es la principal preocupación.
- Agentes de reversión. Vitamina K para la warfarina, antídotos específicos para los fármacos más nuevos.
- Interacciones. Los AINE, algunos antibióticos y ciertos alimentos cambian el efecto.
- Monitorización. La warfarina necesita controles regulares de INR; los DOAC necesitan pruebas periódicas de función renal y hepática.
La heparina, administrada mediante inyección, actúa más rápidamente y se utiliza en hospitales para situaciones agudas.
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