Los mercados suelen distribuir los recursos de forma adecuada. Sin embargo, a veces no lo hacen. Cuando un mercado produce un exceso de un bien perjudicial, una cantidad insuficiente de uno beneficioso o no satisface las necesidades de ciertos grupos, los economistas lo denominan fallo de mercado. Este término no implica un juicio moral, sino que describe técnicamente una situación en la que la mano invisible falla.
En los libros de texto se mencionan cuatro fuentes principales de fallos de mercado. Las externalidades, como la contaminación, imponen costes a terceros. Los bienes públicos, como la defensa nacional, no pueden ser proporcionados eficientemente por empresas privadas porque quienes se benefician gratuitamente no pagarán. El poder de mercado, como el de un monopolio, permite a un único vendedor restringir la producción y aumentar los precios. La asimetría de la información, como la de un vendedor de coches usados que sabe más que el comprador, puede expulsar del mercado productos de calidad.
El fallo del mercado es la justificación habitual para la intervención gubernamental. Pero la intervención también puede fracasar. Las regulaciones pueden ser aprovechadas por las industrias que pretenden controlar. Los subsidios pueden perder su propósito. Los impuestos pueden distorsionar el comportamiento de maneras no deseadas. La verdadera cuestión no es si los mercados son perfectos, sino si una acción gubernamental específica mejora o empeora la situación.
Fallos comunes
- Externalidades: contaminación, congestión
- Bienes públicos: defensa, faros
- Poder de mercado: monopolios y cárteles
- Asimetría de la información: seguros, coches usados
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