En Siberia, América y partes de Asia y África, ciertos individuos han servido tradicionalmente como intermediarios entre la comunidad humana y el mundo espiritual. El término chamán, tomado del pueblo tungús de Siberia, se ha convertido en la denominación general para este rol. Un chamán entra en estados alterados de conciencia —mediante tambores, danzas, ayunos o plantas psicoactivas— para realizar viajes, obtener información, sanar o negociar con los espíritus.
El llamado suele estar marcado por una crisis: una enfermedad, sueños o una experiencia cercana a la muerte que indica la elección de los espíritus. Le sigue un entrenamiento, a veces con un practicante experimentado, a veces mediante una prueba solitaria. Una vez reconocido, el chamán realiza rituales públicos en beneficio del grupo: diagnostica la causa de la desgracia, recupera almas perdidas, acompaña a los muertos o garantiza el éxito en la caza. La cosmología suele ser estratificada: un mundo superior de espíritus celestiales, un mundo intermedio de la vida cotidiana y un mundo inferior de poderes ancestrales o animales.
El interés actual ha dado lugar tanto a una etnografía rigurosa como a una reinvención popular. Algunos practicantes contemporáneos reivindican la continuidad con las tradiciones indígenas; otros, en cambio, construyen abiertamente nuevas formas. Los investigadores siguen debatiendo hasta dónde debe extenderse el término y si las experiencias subyacentes apuntan a una capacidad humana universal o a técnicas culturalmente específicas.
En su esencia, el chamanismo considera que la frontera entre lo visible y lo invisible es porosa, y que el chamán es aquel que sabe cómo cruzarla.
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