La Torá es instrucción. En su sentido más estricto, son los primeros cinco libros de la Biblia hebrea —Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio— tradicionalmente atribuidos a Moisés. En un sentido más amplio, es la totalidad de la enseñanza de Dios dada a Israel, tanto escrita como oral.
El rollo de la Torá es el objeto más sagrado de la sinagoga. Escrito a mano en pergamino según reglas rigurosas, se cubre con finas telas, se pasea entre los fieles y se lee en voz alta cada año. La lectura pública no es meramente educativa; es una recreación de la revelación del Sinaí. Todo judío tiene el mandato de estudiar la Torá, y el ideal del erudito que se deleita en sus detalles sigue siendo fundamental.
El judaísmo rabínico sostiene que la Torá escrita estuvo acompañada por una Torá oral que la desarrolla y aplica. Esta tradición oral fue finalmente codificada en la Mishná y el Talmud. Juntas, conforman un diálogo continuo que aún rige la vida judía en cuestiones de calendario, alimentación, familia y ética.
Para los judíos, la Torá no es una reliquia. Es la constitución viva de un pueblo en alianza con Dios, leída y reinterpretada en cada generación.
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