Los monjes entran en una capilla con poca luz y comienzan una melodía lenta y al unísono que sube y baja sin acompañamiento instrumental. Esta forma de oración cantada se llama canto gregoriano. Las frases melódicas repetidas transmiten palabras sagradas y ayudan a concentrar la mente.
El canto gregoriano en la Iglesia occidental, el canto bizantino en Oriente, el canto védico en el hinduismo y la recitación coránica en el islam ilustran esta práctica. El canto puede ser sencillo y repetitivo o muy elaborado. El ritmo constante y el rango melódico limitado permiten interpretaciones prolongadas y favorecen un estado meditativo.
La liturgia moderna a veces recupera el canto gregoriano por su efecto calmante y unificador. Las grabaciones han acercado repertorios antiguos a nuevas audiencias. Ya sea interpretado por coros profesionales o por congregaciones enteras, el canto gregoriano une la respiración, la voz y la intención en un único acto de devoción.
El sonido mismo se convierte en un vehículo para el texto sagrado.
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