En la Biblia hebrea, Satanás aparece primero como un título, más que como un nombre propio: un adversario o acusador que pone a prueba la lealtad de los justos. El libro de Job lo presenta como un miembro de la corte celestial que desafía la integridad de Job. Solo gradualmente esta figura se convierte en la encarnación misma de la oposición a Dios.
En tiempos del Nuevo Testamento, el retrato es más nítido. Satanás domina esta oscuridad, tienta a Jesús en el desierto, se introduce en Judas, es el enemigo que acecha como un león rugiente. Es finito, una criatura, pero lo suficientemente poderoso como para engañar a las naciones e infligir un daño real. Su fin ya está determinado: el lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles.
La teología cristiana ha resistido dos errores opuestos: negar la realidad del mal personal, por un lado, y otorgarle a Satanás un estatus casi divino, por el otro. No es ni igual a Dios ni un mero símbolo de las debilidades humanas. La implicación práctica es la vigilancia sin pánico. Se exhorta a los creyentes a resistir al diablo, confiando en que huirá, y a revestirse de toda la armadura de Dios.
El arte y la literatura le han dado muchas facetas: desde la serpiente del Edén hasta el refinado caballero de la ficción posterior. La esencia bíblica sigue siendo la del adversario que se opone a los propósitos de Dios y al bien de la humanidad.
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