Santificar es apartar. En el uso bíblico, la palabra conlleva el sentido de consagración: apartar algo del uso ordinario y dedicarlo a Dios. Templos, altares, sacerdotes y el sábado fueron santificados. La idea subyacente es la santidad: lo que pertenece a Dios no debe ser tratado como algo común.
El Nuevo Testamento aplica el mismo lenguaje a las personas. Se describe a los creyentes como ya santificados por la obra de Cristo y, al mismo tiempo, llamados a una santificación progresiva en la vida diaria. Esta tensión es intencionada. La justificación declara a una persona justa; la santificación es el proceso continuo de llegar a ser lo que esa declaración dice que es. El Espíritu Santo es el agente; los medios incluyen las Escrituras, la oración, los sacramentos y el apoyo mutuo de la comunidad.
Las distintas tradiciones describen el proceso de manera diferente. Algunas esperan una segunda experiencia de santificación completa; otras ven un crecimiento gradual en la gracia, marcado por una creciente conformidad con Cristo. Todas coinciden en que el objetivo no es el perfeccionamiento moral por sí mismo, sino una vida que refleje el carácter del Dios santo.
Cuando un objeto o una persona es santificado, lo ordinario se utiliza para un propósito superior. La palabra aún conserva esa connotación.
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