Una tradición enseña que ciertos actos, pensamientos o estados violan la voluntad divina o el orden moral del universo. Dichas violaciones son pecados. Este concepto estructura la ética religiosa y la necesidad de perdón o purificación.
El pecado puede entenderse como rebelión, ignorancia, desequilibrio o falla en las relaciones. Algunos sistemas enfatizan la culpabilidad individual; otros destacan las dimensiones colectivas o estructurales. En diversas enseñanzas aparecen distinciones entre pecados mortales y veniales, o entre intencionales y no intencionales. La confesión, la expiación y el arrepentimiento son respuestas habituales.
La doctrina del pecado diagnostica la condición humana como algo más que una mera imperfección. También abre la posibilidad de la restauración. Los críticos consideran este concepto opresivo; quienes lo practican lo encuentran realista y, en última instancia, esperanzador. La forma en que una tradición define el pecado determina en gran medida su comprensión de la salvación.
El pecado designa la brecha entre lo que es y lo que debería ser ante lo sagrado.
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