Un sermón es un discurso religioso pronunciado durante un servicio de culto. Sus orígenes se remontan a la práctica sinagogal de leer las Escrituras y ofrecer su interpretación, una práctica que Jesús mismo siguió en Nazaret. La iglesia primitiva continuó con esta tradición; las cartas de Pablo ya se leían en voz alta, y pronto surgieron maestros que las explicaban y aplicaban.
La forma varía considerablemente. Algunas tradiciones favorecen una exposición versículo por versículo que se ciñe al texto elegido. Otras prefieren discursos temáticos que se basan en varios pasajes. La extensión, el estilo y la intensidad emocional difieren según la cultura y la denominación. Lo que permanece constante es la afirmación de que la palabra hablada, al unirse a la palabra escrita, puede convertirse en un medio de gracia. El predicador no es principalmente un animador ni un conferenciante, sino un servidor del texto y de la congregación.
Grandes sermones han marcado la historia: los de Agustín, Crisóstomo, Lutero, Wesley y Martin Luther King. Sin embargo, la mayoría de los sermones son comunes, preparados semana tras semana para congregaciones comunes. Su eficacia es difícil de medir y fácil de sobreestimar o descartar. Aun así, esta práctica persiste porque las comunidades siguen creyendo que Dios todavía habla a través de la palabra humana cuando esta se fundamenta en las Escrituras y se ofrece con fe.
Un sermón termina, pero su efecto, si lo hay, perdura en la vida de quienes lo escucharon.
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