El arrepentimiento es más que sentir lástima. En lenguaje bíblico, es un cambio de mentalidad que conlleva un cambio de rumbo. El término hebreo, a menudo traducido como «arrepentirse», significa volverse o regresar; el término griego significa un cambio de mentalidad o propósito. Ambos apuntan a una reorientación de la persona en su totalidad hacia Dios.
Juan el Bautista y Jesús iniciaron sus ministerios públicos con el mismo llamado: arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca. Este llamado parte de la premisa de que los seres humanos están mal encaminados y necesitan rectificar. La confesión de pecados específicos forma parte del proceso, pero el cambio más profundo consiste en abandonar el autogobierno y confiar en la misericordia de Dios. En la parábola del hijo pródigo, el hermano menor «recapacita» y decide volver a casa; la acogida del padre completa la imagen del arrepentimiento acompañado de gracia.
La tradición cristiana distingue entre la aflicción —el temor al castigo— y la contrición —el arrepentimiento por haber ofendido a Dios—. El arrepentimiento genuino se caracteriza por esta última, aunque los motivos imperfectos puedan ser el punto de partida. En la práctica, el arrepentimiento rara vez es un momento dramático aislado. Se repite cada vez que el creyente reconoce su desviación y regresa.
Sin arrepentimiento, hablar de perdón sigue siendo abstracto. Con él, la posibilidad de un nuevo comienzo se vuelve concreta.
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