Quien ha sufrido una injusticia decide liberarse del resentimiento y de la pretensión de compensación. Ese acto es el perdón. Las tradiciones religiosas lo consideran tanto un atributo divino como un deber humano.
Las Escrituras exhortan a los creyentes a perdonar como han sido perdonados. Los rituales de confesión y absolución institucionalizan este proceso. El perdón no siempre requiere reconciliación ni la eliminación de las consecuencias; se trata principalmente de la liberación interior del resentimiento. Los casos difíciles ponen a prueba esta enseñanza cuando las ofensas son graves o no se han arrepentido.
Los estudios psicológicos señalan beneficios para la salud mental de quien perdona, pero el enfoque religioso va más allá al fundamentar la práctica en el carácter de Dios o el orden del universo. Las comunidades que practican el perdón interrumpen los ciclos de represalia. Esta exigencia sigue siendo uno de los elementos más desafiantes y distintivos de muchas religiones.
A menudo, perdonar es más difícil de practicar que alabar.
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