La personificación consiste en atribuir cualidades, acciones o sentimientos humanos a cosas no humanas: animales, objetos, fuerzas naturales o abstracciones. Hace que el mundo no humano hable y actúe en términos humanos.
«El viento susurró», «la justicia es ciega» y «la ciudad nunca duerme» son ejemplos de personificación. Los poetas la utilizan para crear imágenes vívidas y explorar la relación entre la conciencia humana y el mundo exterior. Las fábulas y alegorías recurren a ella sistemáticamente. En el lenguaje cotidiano, la personificación es común y a menudo pasa desapercibida.
La personificación se diferencia del antropomorfismo principalmente en el grado y el contexto; la primera es una figura retórica, mientras que el segundo suele consistir en la atribución de rasgos humanos a animales o dioses. Una personificación efectiva resulta natural dentro de su contexto; una personificación forzada llama la atención sobre sí misma como recurso. La figura puede ser lúdica, solemne o inquietante, según lo que se personifique y cómo.
Cuando algo que no es humano se describe como si lo fuera, se trata de una personificación.
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