Durante miles de años, los humanos han alterado la genética de plantas y animales mediante la selección artificial. La ingeniería genética lo hace directamente. Modifica el material genético de un organismo utilizando técnicas de laboratorio, evitando el lento proceso de reproducción. Un gen de un organismo puede insertarse en otro, trascendiendo las barreras entre especies que jamás se cruzarían de forma natural.
Las herramientas han evolucionado. Las enzimas de restricción cortan el ADN en secuencias específicas. La ligasa une los fragmentos. Los plásmidos introducen genes en las bacterias. CRISPR y otras herramientas de edición genética realizan cambios precisos en ubicaciones específicas. El resultado puede ser una bacteria que produce insulina humana, una planta de maíz resistente a los insectos o un ratón que sirve como modelo para enfermedades humanas.
La ingeniería genética se utiliza en medicina, agricultura e investigación. Produce proteínas terapéuticas, vacunas y terapias génicas. Crea cultivos con mayor rendimiento y menor uso de pesticidas. Genera modelos animales para el estudio de enfermedades. También se emplea en la biotecnología industrial para la producción de enzimas, productos químicos y biocombustibles.
Esta tecnología suscita inquietudes. Las cuestiones de seguridad se centran en los efectos no deseados y el impacto ecológico. Las cuestiones éticas se centran en la alteración de la línea germinal humana y los límites de las especies. Los sistemas regulatorios varían según el país. Estados Unidos regula los organismos genéticamente modificados mediante el Marco Coordinado, que distribuye la supervisión entre la FDA, la EPA y el USDA. Europa adopta un enfoque más precautorio. El debate continúa.
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