Las descargas repentinas y recurrentes de actividad neuronal excesiva producen las crisis epilépticas que definen la epilepsia. Estas descargas pueden permanecer localizadas o extenderse a ambos hemisferios, generando síntomas que van desde breves lapsos de conciencia hasta episodios convulsivos completos.
Las causas incluyen mutaciones genéticas que afectan a los canales iónicos o a las proteínas sinápticas, lesiones estructurales como cicatrices o tumores, malformaciones del desarrollo y, en muchos casos, se desconocen. El diagnóstico se basa en la historia clínica, el EEG y las pruebas de imagen para identificar el tipo de crisis epiléptica y cualquier foco subyacente. El tratamiento comienza con medicamentos antiepilépticos que modulan la excitabilidad; cuando los fármacos no son eficaces, se pueden considerar la cirugía, la neuromodulación o las terapias dietéticas.
El impacto de la epilepsia va más allá de las crisis epilépticas en sí mismas, afectando el estado de ánimo, la cognición y la participación social. La investigación sobre los mecanismos básicos de la generación de crisis y sobre los sistemas de estimulación de circuito cerrado continúa ampliando las opciones terapéuticas.
La clasificación precisa del tipo de convulsión sigue siendo el punto de partida para un tratamiento eficaz.
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