Cualquier afección que afecte principalmente al cerebro, la médula espinal o los nervios periféricos se clasifica como trastorno neurológico. Esta categoría es amplia y abarca eventos agudos como el accidente cerebrovascular, enfermedades progresivas como el Parkinson y el Alzheimer, afecciones del desarrollo como la epilepsia y la parálisis cerebral, y lesiones como el traumatismo craneoencefálico.
Los síntomas dependen de la localización y la naturaleza de la patología y pueden incluir debilidad, pérdida de sensibilidad, convulsiones, deterioro cognitivo, dolor y trastornos del movimiento o de la función autonómica. El diagnóstico combina la exploración clínica con pruebas de imagen, electrofisiología, análisis de laboratorio y, en ocasiones, análisis genéticos.
El tratamiento puede ser sintomático, modificador de la enfermedad, quirúrgico o rehabilitador. Debido a la limitada capacidad de autorreparación del sistema nervioso, muchos trastornos neurológicos producen discapacidad permanente. La investigación sobre los mecanismos, los biomarcadores y las nuevas terapias es intensa, impulsada por la elevada carga personal y social que suponen estas afecciones.
El reconocimiento precoz y la localización precisa siguen siendo la base de una atención neurológica eficaz.
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