Los bancos asumen riesgos. Prestan dinero que podría no ser reembolsado. Negocian valores que podrían depreciarse. Dependen de sistemas informáticos que podrían fallar. La gestión de riesgos es la disciplina que consiste en identificar, medir y mitigar esos riesgos. No se trata de eliminar el riesgo, sino de comprenderlo y garantizar que el banco pueda superarlo.
Los bancos se enfrentan a diversos tipos de riesgo. El riesgo crediticio es el riesgo de impago por parte de los prestatarios. El riesgo de mercado es el riesgo de que los precios se muevan en contra de las posiciones del banco. El riesgo de liquidez es el riesgo de que el banco no pueda cumplir con sus obligaciones. El riesgo operacional es el riesgo de fraude, ciberataques o fallos en los procesos. El riesgo de cumplimiento es el riesgo de infringir leyes y reglamentos. El riesgo reputacional es el riesgo de dañar la imagen del banco. Cada uno requiere herramientas diferentes.
Las herramientas incluyen la diversificación, las garantías, la cobertura, los seguros y el capital. Un banco diversifica su cartera de préstamos en distintos sectores y regiones geográficas. Requiere garantías para recuperar pérdidas. Utiliza derivados para cubrir el riesgo cambiario y de tipos de interés. Mantiene capital para absorber pérdidas inesperadas. Contrata seguros para riesgos operativos como el fraude. Realiza pruebas de estrés para evaluar su desempeño ante una recesión severa.
La gestión de riesgos no es un centro de beneficios, sino un centro de costes. Pero los bancos que la descuidan no sobreviven. La crisis de 2008 fue, en esencia, un fallo en la gestión de riesgos. Los bancos subestimaron el riesgo de los títulos respaldados por hipotecas y sobreestimaron su capacidad para venderlos. El resultado fue la peor crisis financiera desde la Gran Depresión.
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